Gemelos Incorregibles
Kelly se muda a la mansión de su futuro esposo, pero no cuenta con sus nuevos hijastros gemelos, quienes rebasaran los límites para tratar de hacerle vivir un infierno. Pero esos guarros revoltosos ignoran que su joven madrastra no tiene límites y los llevará a la locura.
Categoría: Ballbusting Extremo/Castración, Mujer(es) Adulta(s)
(+18)/Chico(s) Pre-Púber(es) (-13)
Kelly es una hermosa joven de 24 años que en una fiesta
logra conocer a un hombre maduro millonario y divorciado con el cual consigue
conectar a la primera.
Físicamente era alta, alrededor de 1.75; cabello rubio
oscuro en una cola de caballo, ojos verdes y labios provocativos que siempre
pintaba de rojo. Su cuerpo esbelto y sinuoso atraía las miradas, además de sus
senos copa B naturales y su firme y redondo culo. Había terminado recién sus
estudios de Psicología y esa noche en la que conoció a Alberto, acompañaba a
una amiga suya que se la pasaba intentando conectar con la clase alta de la
ciudad.
Alberto era un empresario e inversionista, tenía varios
negocios importantes en la ciudad y quedó cautivado por la belleza de Kelly. Él
era un hombre promedio, un poco más alto que ella, delgado y bien cuidado a
pesar de tener 20 años mas que Kelly; con unas pocas canas en su cabeza que le
hacían lucir a la moda.
La relación no tardó en desarrollarse y en menos de 6 meses
Alberto le propuso matrimonio a Kelly, que si bien aceptó le pidió esperar
hasta el año para conocerse un poco más y de paso, vivir juntos un tiempo; cosa
que Alberto consideró prudente para que ella se familiarizase con sus hijos.
David y Daniel, sus nombres. Hijos de su primer matrimonio, eran
gemelos y habían cumplido 11 años cuando su padre les presentó a su guapa prometida.
A Kelly les parecieron agradables y simpáticos, más a los chicos no fue así con
ella y no tardaron en hacerles un desaire durante la cena, cuestión que la
joven atribuyó a su primer encuentro y no le preocupó demasiado.
Los niños eran dos gotas de agua, cabello castaño corto,
ojos café, piel blanca, delgados y de estatura ya elevada para su edad
(rondaban el 1.65). Pero detrás de esa apariencia agradable e inocente, ambos
hermanos se prometieron esa misma noche hacerle la vida imposible a la joven
para que dejase a su papá.
El primer incidente vino a los pocos días de mudarse a la
mansión de su pareja. Kelly, que no estaba acostumbrada a la empleada de
limpieza, a veces se ponía a quitar el polvo de algunas mesas y aparadores,
cuando los chicos regresaron de jugar fútbol en el jardín, con el agravante de
que sus botines cargaban un exceso de tierra adherida.
“Chicos, podrían quitarse los zapatos, acaban de limpiar,”
les indicó Kelly amablemente.
Uno de ellos, David, le contestó sin mirarle.
“Puedes limpiar, si ya hasta pareces otra criada,” dijo y
tanto él como su hermano, se quitaron los zapatos, arrojándolos a un lado y desprendiéndose
mayor cantidad de lodo. Kelly, con una mueca de incredulidad ante la falta de
respeto de esos chiquillos maleducados.
A pesar de comentar su mal comportamiento a su padre, este
no hizo gran cosa; solo decirle a los chicos que no entrasen con los zapatos
sucios a la mansión ya que la empleada debía limpiar. Aquella pasividad de
Alberto y la mirada sonriente y despreocupada de sus futuros hijastros puso a
Kelly de mal humor.
Aquellos episodios solo aumentaron conforme pasaba el
tiempo, pero los chicos notaban que a pesar de sus marrullerías y travesuras;
no parecía que Kelly fuese a dejar a su padre, así que los gemelos se reunieron
en su habitación para decidir que más poder hacer.
“Esta arribista no se quiere ir. Ni siquiera por haberle
escupido la comida el otro día,” se quejó David, el gemelo mayor y más descarado
de los dos.
“Te digo que ya debemos dejarlo. No tiene sentido seguir si nada
parece molestarle,” repuso Daniel, encogiéndose de hombros resignado.
“No seas pesado y mejor dame una idea, que seguro esta zorra
no lo va a soportar,” pidió ofuscado David a su hermano, que negó con la
cabeza.
David resopló frustrado, sopesando ya parar su “campaña de guerrilla”,
como lo llamaba él. Pero de repente su rostro lampiño y travieso se iluminó con
una sonrisa maliciosa.
“Ven, ya sé que hacer. Seguidme,” dijo David.
Pasaron unos 20 minutos y Kelly llegó a la mansión, luego de
pasar un rato hablando con su mejor amiga sobre como aquellos chiquillos
maleducados y gamberros le estaban literalmente enloqueciendo. La joven le
sorprendió la inquietante paz que reinaba en la solariega casa, interrumpida
por la empleada de limpieza que tarareaba una melodía mientras aseaba.
Kelly subió hasta a su dormitorio para darse una ducha y
descansar, cuando al abrir la puerta vio una escena inesperada.
“Pero que coño estáis haciendo!!?” chilló Kelly escandalizada.
Ambos hermanos estaban acostados en la cama, con la tele
encendida en un canal porno, y los dos chicos; desnudos de la cintura para
abajo, lucían sus pequeñas y duras pollas erectas.
“Sorpresa, zorra!” exclamó David con una carcajada. Su
hermano le imitó.
“Par de niñatos guarros, vais a estar en problemas, sucios
depravados!!!” les amenazó Kelly, sin embargo antes de poder hacer algo, David
y Daniel saltaron de la cama y se escabulleron a su cuarto, satisfechos con la
reacción de Kelly.
Para mala suerte de la joven madrastra, su pareja no pareció
muy enojado por lo hecho por sus hijos, ya que venía de una larga reunión de
trabajo y dijo en presencia de los chicos que, “hablaría con ellos largo y
tendido”. No obstante, la esperada charla y reprimenda no llegó, provocando
mayor rabia y frustración en Kelly, que no sabía como manejar la situación.
Aún así, aquello no se volvió a repetir y por un momento
creyó que todo iba a mejorar. Una mañana, mientras buscaba en su ropero una
blusa para salir al centro comercial, detectó algo inusual.
La prenda en cuestión, de un vivo azul; tenía un par de
manchas blanquecinas, casi amarillentas en unos puntos. A Kelly le dio un
vuelco el corazón, porqué sabía exactamente que clase de mancha era esa, y eso
no fue lo peor.
Todas sus blusas y vestidos tenían manchas de diversas
formas y tamaños. Esos críos ociosos y pervertidos le habían arruinado la ropa
con sus lefadas! Hecha una furia, Kelly se dirigió hasta la habitación de los
gemelos.
Dejándola patas arriba, la joven encontró un par de sus bragas
perdidas; también con rastros de semen seco en ellas. Y una de sus fotos con
varias manchas, ya había tenido suficiente de esos niños pervertidos, con toda
la evidencia seguro su padre les iban a dar un correctivo de vida.
Espero con ansias y seguridad a su prometido, que como venía
siendo habitual; llegó justo a tiempo para la cena. Los gemelos estaban ya en
su habitación y sosteniendo su foto y su blusa arruinada, Kelly se dispuso a
acusar a sus hijastros.
Al terminar de hablar y mostrar las pruebas, esperaba que
Alberto se fuese escaleras arriba, cinturón en mano. Pero el hombre, frotando
sus ojos con sus dedos, dejó escapar un breve bostezo.
“Mira Kelly, estoy algo cansado para tener que lidiar con
esto también.”
“Que no ves!? Despertad coño, que es serio! Tú eres su
padre, quien más los va a reprender y corregir?” preguntó Kelly exasperada, sin
poder creer el pasotismo de Alberto.
“Oye, ya sabes como son los chicos hoy en día, son muy
precoces,” comentó Alberto, alejado del tema.
“Pero que precoces ni que nada! Ya me han colmado la
paciencia y tú no haces nada para que no me irrespeten!” se quejó ella.
Alberto la miró fijamente mientras se aflojaba el nudo de su
corbata.
“Voy a salir de viaje mañana. Estaré fuera unos días,”
informó él.
“Pero y…”
“Kelly, yo te amo y confío en ti. Pronto nos vamos a casar,
yo creo que es hora que comiences a actuar como una madre para ellos… y bueno, si
has de corregirles o castigarles, pues hazlo. Te espero en la cama,” le indicó Alberto
y subió las escaleras despacio.
La muchacha se quedó sola allí de pie, repitiendo una y otra
vez las últimas palabras de su pareja con una ligera sonrisa. Vaya que no lo
había pensado de esa manera… ese par de guarros la iban a conocer en serio.
La mañana de ese viernes Alberto organizó su maleta y se fue
al aeropuerto, despidiéndose de su amada, que tenía una gran sonrisa que no se
le veía desde tiempo atrás. Cuando el coche se perdió de vista, Kelly llamó a
la empleada y le dio el fin de semana libre, cosa que la mujer agradeció. Ya
con Alberto lejos y sin empleada de servicio, la joven madrastra tenía vía
libre con sus dos diablillos cachondos.
Los gemelos se levantaron y luego de lavarse los dientes,
fueron en pijamas a la cocina, donde una jovial y sensual Kelly les recibió con
el desayuno listo. La mujer vestía una ajustada blusa casual color rojo y de
mangas largas, una falda sencilla de color negro hasta las rodillas y sobre
ella un delantal de cocina.
“Dónde está papá? Y porqué la sirvienta no nos hizo el
desayuno?” preguntó David de malas maneras.
“Su padre tuvo que salir de viaje, y la empleada no se
sentía muy bien y le di el día libre. Pero no se preocupen, nos vamos a
divertir una barbaridad… ahora coman, la leche está caliente como les gusta,”
contestó Kelly, ignorando el comportamiento del chico.
David y Daniel se sentaron a comer, mientras su madrastra
les observaba atentamente con una sonrisa en el rostro. Pronto, la vista de los
chiquillos comenzó a distorsionarse y por más que intentaban hablar, les
costaba mucho mover los labios hasta que todo quedó a oscuras…
“Ya es hora de despertar, pequeños cerditos!”
Poco a poco, los gemelos comenzaron a recuperar los
sentidos. Cada uno se dio cuenta que estaban desnudos, con los brazos estirados
por encima de sus cabezas y las muñecas atadas a una barra lateral encima de
ellos. Sus piernas estaban separadas y aseguradas por otra barra de metal entre
sus tobillos, impidiéndoles movimiento alguno; frente a ellos estaba su
madrastra Kelly, luciendo un ceñido traje de látex que remarcaba cada
centímetro de su curvilínea figura. De no ser por los nervios de estar atados e
indefensos, ambos habrían tenido erecciones. También al pensar en ello, David y
Daniel se percataron que atados a sus pequeños escrotos lampiños colgaba un
balde vacío.
“Qué haces, zorra de quinta? Suéltanos o mi padre…!”
“Su padre no se va a enterar de nada. Tardará varios días en
regresar… y estos dos amiguines…” al decirlo, Kelly acarició con un dedo los
testículos de los gemelos, quienes se estremecieron de miedo, “… son la causa
de mis frustraciones. Vamos a darles una despedida…” dijo Kelly en tono bajo y provocativo
que incrementó el pánico de los chicos.
La mujer arrastró un pequeño saco con lo que parecía ser
arena y se acercó a Daniel.
“Por favor… no me haga nada… yo no quería…” suplicó Daniel.
“Muy tarde, chico. Ahora es mi turno de verlos chillar como
cerdos que sois…” respondió Kelly y comenzó a echar arena en el balde.
Los hermanos pedían ayuda, pero nadie les iba a oír. A
medida que el peso de la arena se incrementaba, Daniel apretaba los dientes y
cerraba los ojos con fuerza; intentando aguantar el peso que colgaba de sus
huevecillos, que amenazaban con exprimirse en el nudo que había hecho Kelly al
amarrarlo a la base de su escroto.
“AAAAAAAAHHHH AYUDAAAAAA POR FAVOOORR!!!” gritaba Daniel
desesperado, sentía como sus tiernos huevos no iban a soportarlo y era como si
todos sus órganos fuesen jalados hacia el suelo.
“Chilla, guarro, chilla todo lo que quieras. Te los voy a
reventar a lo bestia,” prometió Kelly, que con ambas manos tiró del balde hacía
abajo, estirando y exprimiendo las bolas del niño.
“Aaaarrrgggggggghhhhh me dueleeeee!” exclamó el menor de los
gemelos, su madrastra se rió y tiraba o movía el balde como péndulo, causando
mayor agonía en el chico.
Buscando una paleta de madera, la madrastra golpeaba con ganas
las bolitas de Daniel, que chillaba y se retorcía en vano. La piel del escroto
ya estaba enrojecida y lentamente, la hinchazón de sus gónadas aumentaba. Y no
era para menos, soportando casi 4 kilos de arena colgando de una zona tan
delicada y recibiendo paletazos constantes.
Dejando coger aliento a Daniel, Kelly se decidió a atender a
David. Inútilmente trató de alejarse pero no pudo hacer nada.
“Vamos a ver si eres tan machito como cuando tus inútiles
pelotillas se vaciaban en mi ropa,” le retó ella.
Primero clavó fuertemente sus uñas en la piel del escroto de
David, que aulló de dolor. Después, al igual que a su hermano; vació la arena
que quedaba en el saco y pronto el gemelo guarro estaba llorando como nena
debido al peso y la poca delicadeza de Kelly, que golpeaba, apretaba y retorcía
los cataplines del pequeño.
“PARAAAAAA… ME LOS VAS A ROMPEEEERR!!!” gritó David
angustiado por el castigo de su cabreada madrastra.
“Así va a ser, cerdo de mierda. Es lo que te mereces por
andar metiéndote con quien no debías,” replicó Kelly enojada, dando varios
tirones salvajes al balde que dejaron sin voz al crío.
Tras esa primera ronda de ablandamiento, los gemelos estaban
sudorosos y sollozando, sus cojoncitos estaban hinchados y del tamaño de huevos
de gallina, en comparación a la minúscula trompita que eran sus penes luego de semejante
tortura, pero Kelly apenas estaba empezando.
“Muy bien mis niños, habéis tenido huevos para aguantar por
el momento. Veamos que tal os va con algo más intenso,” dijo Kelly y de nuevo
los gemelos balbuceaban pidiendo disculpas.
Haciendo caso omiso a sus palabras, la mujer desató las
cuerdas alrededor de sus escrotos, suspirando momentáneamente de alivio. Pero
sin ninguna advertencia, Kelly preparó la pierna y estrelló con violencia su
pie desnudo contra los huevos de Daniel.
“Aaaaaaaaaaaaarrrrghhh!” volvió a bramar el pequeño, que
sentía como el dolor subía por su vientre y de no estar atado, se habría
desplomado en el suelo.
De nuevo se acomodó y como si fuese una jugadora de fútbol,
pateó las gónadas de Daniel, que ya no pudo gritar y solo se estremeció. Una y
otra vez aplastaba las vapuleadas pelotas del niño contra su hueso púbico.
Después de unas 10 patadas, sus testículos estaban más grandes y el escroto de
un rojo intenso.
Colocándose frente a David, realizó la misma acción, solo
que el varón no paraba de decirle que era una perra y gritaba enloquecido.
Comprobando el estado de sus cataplines, el izquierdo estaba apenas más grande
que el derecho y la piel tenía un ligero tono amoratado.
“Pues déjenme decirles que de momento esos huevos aguantan.
Pero eso no es lo que queremos, así que es hora de romper esos huevos y hacer
un par de tortillas con ellos,” comentó la joven madrastra con satisfacción.
Desatando primero a Daniel, lo sacó de la habitación y unos
minutos después regreso a por David, llevándole a cuestas sin importar que los
testículos rozaran los muslos del chico, sin fuerzas para quejarse.
Ambos hermanos quedaron atados sobre la encimera de granito
de la cocina, separados a cierta distancia entre sí y con los brazos atados a
la espalda con una cuerda que Kelly había amarrado a las lámparas de la cocina.
Las piernas de los gemelos estaban separadas y sus culos en pompa, dándole a la
mujer acceso total a sus huevos hinchados, sus caras descansaban pegadas al
frío granito del mesón de cocina.
Kelly se hallaba a sus espaldas, tocando y apretando sus
respectivos escrotos. Luego agarró una espátula de metal que la empleada de servicio
usaba para revolver o voltear los huevos y el tocino en la sartén.
“Vale, veamos si tenemos o no nuestra primera tortilla,” repuso
la joven y poniéndose detrás de Daniel, levantó en alto la espátula.
El pequeño sintió como Kelly azotaba con dureza sus huevos
maltratados, buscando en cada golpe terminar el terrible castigo que había
iniciado. Sin embargo, la mujer sabía como llevarlos al límite sin romperlos; pero
después de varios minutos azotándole con la espátula, solo estaban más
hinchados y sensibles al tacto. Kelly admiró el destrozo que estaba haciendo y
fue entonces el turno para David.
“Ooooouuuuhhhhggg… bastaaaaa!!!” chilló David alocadamente
entre tanto Kelly vapuleaba una y otra vez sus joyas. A ese ritmo las iba a
volver puré.
“Joder, ya no eres tan malote, eh. Te vas a arrepentir de
haberme hecho vivir una pesadilla!” le espetó su madrastra, furiosa y descargando
intensos azotes en su tierna y machacada masculinidad.
Los lamentos del gemelo morboso resonaban en la mansión,
incapaz de ser oído por nadie más que su hermanito y su sádica madrastra. Kelly
paró la paliza para cambiar de utensilio, chasqueando una pequeña y cómoda
fusta de varias cuerdas, movía la muñeca en círculos; azotando constantemente las
pelotas del niño. A pesar que no era muy fuerte el suplicio, ya sus testículos
estaban muy maltratados que cualquier roce en esa área sensible David lo sentía
como si una bota de hierro gigante pisaba sus gónadas.
El ardor y el dolor eran insoportables, Kelly hizo una pausa
para a continuación azotar los huevines de su hermano, que aulló como perro
herido al sentir la fusta en su intimidad. Al detenerse, Kelly comprobó
complacida que las venas estaban dilatadas, señal inequívoca que el nene
probablemente tenía los huevos hechos papilla.
“Me duelen mucho… por favor…” murmuró Daniel sin fuerzas.
“No tienen buena pinta, chaval. Veamos si el hielo puede
ayudar,” comentó la joven y con cuidado apoyó una bolsa de hielo contra sus bolas
hinchadas.
Daniel no dejaba de quejarse, pero con el pasar de los
minutos aquello no mejoraba. Sus huevos crecieron un poco más y la piel se puso
de un morado azulado poco saludable.
“Felicidades, Dani! Oficialmente te he machacado las cositas
ridículas esas, eres todo un eunuco,” dijo Kelly triunfante. Daniel la insultó lleno
de odio pero su madrastra apretó su escroto deforme con ambas manos, reventando
cualquier atisbo de sus asquerosos cojones.
El chico berreó con todas sus fuerzas, mientras un hilillo
de semen escapaba de su pollita encogida, sería la última vez que el semen
fluiría por su uretra. Terminada su salvaje castración, el escroto de Daniel
era una masa sin forma y amoratada del tamaño de una pelota de softball. El
crío no pudo soportar más el dolor atroz y se desmayó sobre la encimera, David
se esperaba lo peor.
“Venga cerdito, ya pronto vas a saber lo que te espera. He
preparado algo muy especial, solo para un guarro malcriado como tú. Vas a
flipar de lo lindo,” aseguró la mujer, que le colocó un trapo empapado en
cloroformo y por ese tiempo, David dejó de sentir el amargo dolor.
“AAAAAAAAHHHH!!!” gritó el niño al acabarse el efecto
sedante del cloroformo.
“Sabía que te iba a gustar, cerdito. Así es como debes
estar… cual cerdo repugnante,” escuchó la voz de Kelly a su lado.
David abrió los ojos desesperado. Su madrastra estaba de pie
ante él y de cabeza… pero eso no tenía sentido. Con horror el jovencito
descubrió que era él quien estaba colgando de cabeza, la sangre se le agolpaba
en la frente y para mayor inri, pudo mover un poco su cuello para tener un
breve panorama de su situación.
Kelly le había colgado de los huevos a una gruesa barra de
metal! Esa era la razón por la cual había despertado sintiendo aquel dolor
brutal. Su escroto maltrecho estaba estirado a niveles impensables, la sangre
también se concentraba en sus cojoncitos enormes e hinchados. Cada centímetro
de su ser sentía el feroz dolor de sus gónadas y su madrastra incrementó aún si
cabe su padecimiento, al poner sus suaves manos en sus muslos y tirar de él.
“NOOOOOOOOOOOOOOO!!! MIS BOLAAAAASSSS!!!” el gemelo bramó a
punto de perderlas.
“C’est la vie, cherie,” sonrió ella en francés. “Al menos
pudiste sentir que era un orgasmo,” añadió Kelly, procediendo a caparlo a lo
bestia.
David cerró los ojos con furia para luego dejar salir un violento
alarido, entre tanto Kelly empujaba su cuerpo hacia el suelo, estirando los
conductos seminales más allá de su resistencia; los cuales con un par de
chasquidos simultáneos le indicaron a la mujer que había castrado a su hijastro
problemático.
El pequeño también sintió aquel escalofriante chasquido y
gritó con mayor ímpetu, de su diminuto pene caía un débil chorro de lefa
mezclado con sangre, Kelly soltó una carcajada al ver lo patético que se veía
David; que no aguantó las tremendas cotas de dolor y perdió el conocimiento,
olvidándose de nuevo de su castración por un instante.
Epílogo.
Kelly al día siguiente se llevó a los gemelos a la casa de
campo, donde removió los amorfos y vapuleados escrotos de sus hijastros. Para
cuando su prometido regresó del viaje, un dia después; la joven le dijo a
Alberto que se quedarían unos días en la casa de campo, compartiendo los tres; sin
sospechar la brutal castración de sus hijos a manos de su futura esposa. Mientras
los pequeños se recuperaban, la muchacha logró asegurarse que guardarían el
secreto de su castración.
“Porque si llego a descubrir que su padre o alguien más lo sabe… pues les voy a cortar esas patéticas pollitas y se las prepararé como desayuno,” dijo la madrastra. David y Daniel lo juraron y después de un tiempo, cada fin de semana Kelly les llevaba de regreso a la casa de campo para dominarles a su antojo.
Mundo Ballbusting Extremo™
Que genial, espero sea la primera de muchas ejeje
ResponderEliminarGracias. Si, ya estoy preparando otro par de relatos (uno de ellos sobre Halloween, algo rezagado) y el otro de un chico acosador. Ambos tendrán en común que estarán en una serie de varios relatos individuales que tendrán por título "Vecinas de Ensueño?"
EliminarEso me parece genial. Los esperare con ansias.
EliminarSolo si se puede también me gustaría ver relatos en los que no intervengan mujeres.
No se, un padre dándole una lección a su hijo o un medico de colegio castrando a un curso etc.
Claro solo si quieres
A otra cosa no se si lo puedas cambiar pero seria mejor que este blog permita realizar respuestas sin tener que iniciar sesión así los que son muy tímidos para crearse una cuenta igual te podrán dar comentarios
Ah, lo de los comentarios ya me pongo en ello. Es que al usar móvil es un poco diferente al momento de hacer cambios en el blog, igual me lo he pasado por alto.
EliminarCon respecto a lo de los relatos, bueno; no son mi fuerte lo de ballbusting/castración que involucre de hombre/hombre, pero tal vez pueda escribir alguno con esas ideas las cuales has mencionado. Personalmente, como la mayoría, apuesto a mujer/hombre porque los escenarios son casi infinitos y, pues ya sabes; a las mujeres de mis relatos y otros que he leído tienen formas muy variadas y alucinantes para provocar el resultado esperado, saludos :)