Vecinas De Ensueño? - El Escote De La Diabla

La noche de Halloween para el “querubín” Samuel será de auténtica pesadilla con la sensual diabla de su vecina Raquel.

 

Categoría: Ballbusting Extremo/Castración, Mujer(es) Madura(s) (+30)/Chico(s) Pre-Púber(es) (-13)

 

De nuevo llegaba ese día, la víspera a la noche de Halloween y en el condominio en donde vive Samuel llevan a cabo los preparativos finales para celebrar una noche de brujas más. Jardines llenos de calabazas, telarañas y sombreros de brujas eran la decoraciones dominantes en las casas, al igual que adornos y papelillos en colores negro y naranja. La mamá de Samu decoró la casa como era su costumbre y el niño estaba emocionado por la llegada del día.

 

En la mañana de Halloween, surgió una discrepancia entre Samuel y su madre. El pequeño de 10 años deseaba tener un disfraz terrorífico para la ocasión, de zombie por ejemplo, sin embargo; las existencias en las tiendas estaban agotadas para esos días y la mamá de Samuel solo pudo encontrar un atuendo de querubín para su hijo, con sus alas hechas de plumas blancas. Al niño no le hizo gracia aquel disfraz como era de esperarse.

 

No obstante, ella pudo convencer a su pequeño de que viéndose tierno, podría conseguir mas y mejores dulces; lo que animó al chico a usar el disfraz. Así que al caer la tarde, Samuel estaba listo para recorrer el condominio y obtener la mayor cantidad de golosinas para sí, vestido con su tierno disfraz y una gran bolsa para ir recolectando su botín. Naturalmente, algunos de sus amigos y vecinos se mofaron de su elección de atuendo, pero Samuel no desanimó al ver que su madre tenía razón al final, pues las vecinas al verle de pie a la puerta diciendo “dulce o truco”, le decían que en verdad parecía un angelito, con su cabello rubio oscuro lacio y ojos azules y de buena gana le daban gran cantidad de golosinas.

 

Poco a poco, su bolsa se iba llenando de dulces a medida que recorría las casas y ya cerca de las ocho, enfiló con expectación la última calle del condominio para pedir dulces y regresar a guardar su botín. Una de las casas le llamó la atención por su fascinante decoración: cabezas, piernas y brazos mutilados por todo el jardín, con una sustancia muy parecida a la sangre que en realidad daban miedo, calabazas, lápidas, cráneos y símbolos desconocidos para Samuel; que a pesar de lo atemorizante de la vista pensó que así era como se debía decorar una casa.

 

Recorriendo el estrecho sendero hasta la puerta de la casa, el niño presionó el timbre y aguardó a que le abriesen la puerta. Sin duda, con una decoración de ese estilo; esperaba una generosa cantidad de dulces de los mejores. Pronto se escucharon unos pasos al otro lado de la puerta y esta se abrió con parsimonia. Y Samuel casi dejó caer su bolsa de golosinas.

 

En el umbral estaba Raquel, una de sus vecinas; aunque no se la veía con mucha frecuencia. La mujer de 31 años lucía un sensual atuendo de diabla. Llevaba un par de botas rojas de cuero rojas por encima de las rodillas, sus piernas eran firmes y perfectas; un diminuto tanga rojo apenas tapaba su sexo y marcaba sutilmente sus labios vaginales. Su vientre plano y al descubierto llevaba hasta un buen par de tetas copa C, ocultas bajo un pequeño sujetador de encaje, también rojo; el cual tenía figuras de llamas en la parte inferior de la prenda, dando la ilusión de tener fuego… a su espalda se podían notar un par de alas de un rojo más oscuro como la de los murciélagos y en la mano izquierda sujetaba un tridente rojo, como todo lo demás.

 

La mujer, blanca, ojos café y de cabello negro, era alta y sus labios muy seductores, estaban pintados de rojo intenso. Tenía una mirada serena pero eso la hacía ver más sexy. El niño, por su parte; se había quedado mudo (y no era para menos) con la visión de su vecina Raquel y sus ojos azules estaban bien abiertos y devorando con la mirada cada rincón de su voluptuosa anatomía.

 

Ella se inclinó un poco hacia delante, al hacerlo ofreció una vista más cercana de su escote y el canal que se formaba en medio de sus tetas, Samuel no aparta la mirada de esos magníficos senos y aunque no se ha dado cuenta pero Raquel si, bajo la tela blanca de sus mallas se puede apreciar un pequeño bulto, indicativo que el pene del varón respondía al estímulo visual que ofrecía esa diabla.

 

“Pero si es el pequeño Samu! Y esta vez disfrazado de querubín,” habló con voz coqueta la mujer. “Seguro vienes a por unas golosinas, no?” preguntó Raquel, esperando que el niño regresase a la realidad y desviar su atención de donde no debía tenerla.

 

Para Samuel, nada le era de ayuda. Ni el escaso atuendo de la vecina, como tampoco el recordatorio de los dulces. Apenas sus oídos escuchaban un vago balbuceo, embelesado como estaba por las tetas y el escote revelador de Raquel. Sin darse por enterado, el chiquillo se relamió los labios mientras contemplaba sin descanso el busto de su vecina, que tomaba nota de todo, aún podía advertir que lejos de disminuir; el pequeño pene de Samuel no bajaba, formando un cómico bulto puntiagudo.

 

Los segundos se hacían eternos y no parecía que el niño fuese a reaccionar, a Raquel; que en un principio la situación no le importó al parecerle comprensible su reacción inicial, ya no pensaba del mismo modo al ver que el pequeño querubín tenía una expresión algo pícara y no paraba de hacer gestitos con sus labios y lengua, inclusive llegando a inclinarse un poco para estar más cerca de sus pechos.

 

Esa actitud no le estaba gustando en absoluto a Raquel, que mantuvo la calma y usando su tridente, acarició despacio la parte interior del muslo del niño cachondo y siguió subiendo poco a poco. Samuel jadeó quedamente sin quitar los ojos de los senos de Raquel, mientras sentía ese cosquilleo embriagador subir por su pierna. La mujer continuó moviendo el tridente, manteniéndose atenta a los gestos del niño lujurioso; hasta llegar a su entrepierna y con los extremos afilados del tridente, toqueteaba la erección del pequeño y un poco más abajo intuyendo la posición de sus huevecitos.

 

Samuel se estremeció y dejó salir un gemido un poco más audible. El crío no entendía las sensaciones desconocidas que experimentaba casi por primera vez, el cosquilleo en su intimidad le provocaba una mezcla de vértigo y ansiedad, de querer un poco más. Sin olvidar los senos de su vecina, que desde el primer momento en que puso su mirada en ellos, deseaba con todas sus fuerzas tocarlos… y llevárselos a la boca como los bebés.

 

Esos pensamientos de alguna manera se reflejaban en su mirada, y en los gestos que instintivamente hacía. Raquel, no perdía detalle de nada y su tridente iba y venía por la zona escrotal del infante, algunas veces punteaba bajo su testículos y Samuel entrecerraba los ojos y quedaba por una milésima de segundo sin respirar. Pero su erección no bajaba y las ganas de abalanzarse sobre el escote de su sensual vecina crecían.

 

La adulta estaba completamente segura de que el chiquillo lascivo deseaba comerle las tetas, como ya lo hacía con su mirada. Echando un fugaz vistazo a la calle, comprobó que nadie más les observaba.

 

“Parece que alguien no quiere golosinas jejeje. Tal vez algo más, que podría ser?” preguntó ella, deslizando la idea implícita al niño, que apenas pudo mover el cuello al decir si, su corazón latía a toda velocidad. “Porqué mejor no entras… así me dices lo que quieres, eh?” dijo Raquel con una sonrisa provocativa, en tanto con el tridente punteaba un poco más sus cojoncitos bajo la tela de la malla.

 

El chico vaciló un segundo antes de darle la mano a Raquel y cruzar el umbral. Mientras cerraba la puerta, Samuel soltó su bolsa y se llevó la mano súbitamente libre a la cara, al ver el minúsculo triangulo que el hilo formaba en la espalda baja de su vecina, perdiéndose el resto de la prenda entre sus nalgas. La mujer condujo al niño hasta la sala de estar y se dejó caer en el sofá.

 

Cuando el pequeño se disponía a sentarse a su lado, Raquel le detuvo.

 

“Mejor siéntate aquí, en mis piernas. Así nos podemos mirar fácilmente, a que si?” sugirió ella. Samuel no dudo en saltar en su regazo, acomodándose perfectamente entre sus piernas, intercalando su pierna derecha entre las de ella, y la izquierda quedando al lado de la pierna derecha de Raquel.

 

Al hacerlo de esa manera, sus gónadas terminaron descansando sobre el muslo derecho de la mujer, que podía sentirlas por primera vez. Raquel puso sus manos en la cintura del pequeño y guarro querubín, que mantuvo las suyas en su entrepierna, consciente por primera vez de su erección y por ende trataba de que la vecina no se diese cuenta, pero ignoraba que ella lo sabía.

 

A pesar de ello, ahora en esa posición estaba más cerca que antes de los pechos de la mujer, y la mirada del niño no tardó en clavarse en ellos. Estaba tan cerca… si estiraba la mano podría tocarlos, pero no tenía idea de como pedírselo sin que sonase como una falta de respeto.

 

Raquel cada vez estaba más convencida de lo guarro y sucio que era su vecinito, pero ahora quería saber de su boca lo que pensaba.

 

“Te gustan? No has dejado de mirarlas desde que abrí la puerta,” dijo ella de repente. Samuel se sonrojó un poco a la tenue luz de la lámpara.

“Un poco… si…” admitió Samuel, como si le costase reconocerlo ahora que su vecina le preguntaba. Confiaba que no lo había pillado y se sentía apenado.

“Solo un poco!?” repitió casi con desdén la mujer, al tiempo que esbozaba una sonrisa. “Estamos solos, puedes decirme lo que quieras… lo que piensas…” dijo Raquel bajando el tono de voz y sus manos recorriendo el cuerpo del pequeño.

“Si, si me gustan mucho. Son bonitas…” confesó algo más tranquilo el crío.

 

Riendo por lo bajo, la mujer apartó las manos de Samuel de su entrepierna, palpando su trompita erecta; que le dolía un poco al llevar tanto rato encerrada bajo las mallas. El niño soltó un gemido de sorpresa… pero no le disgustó aquella mano en su pequeña virilidad.

 

“Esto nunca miente, sabes? Debo suponer también que no solo te gustan, quieres más, no es así?” le preguntó y Samuel asintió emocionado, pensando en que si le daría permiso para tocarlas.

 

Más no esperó aquel posible permiso y estirando los brazos, las manos del chiquillo por fin se apoderaron de los senos de Raquel. Se sentían agradables al tacto a pesar del sujetador y Samuel respiraba agitado, con sus manos sobando y masajeando sin pausa.

 

A la mujer le sorprendió mucho su atrevimiento, pero solo le dio más razones de que su aparente vecinito inocente no era para nada un ángel, pero ella… ella tal vez podría ser la diabla y que mejor noche para eso!

 

“Solo una cosilla, Samu. Los querubines morbosos, necesitan ser castigados y tratados sin ninguna consideración…” murmuró Raquel pero Samuel apenas escuchó lo que decía.

 

Aquello sucedió en fracciones de segundos. El chico sintió las manos de la mujer en sus axilas y como lograba levantarle un poco de su regazo. Raquel, al ver que su entrepierna estaba expuesta; alzó la rodilla con una rapidez inusitada y la estrelló con toda su fuerza en las gónadas de Samuel, que chilló adolorido pero antes de asimilar lo que había ocurrido; sintió como caía un corto trecho desde su posición momentánea más elevada y sus huevos golpeados se aplastaban entre el muslo de la mujer y su hueso púbico, redoblando el dolor inicial.

 

“AYYYYY QUE ESTA HACIENDOO!!” lloró el hasta entonces cachondo querubín.

“Ups, creo que nadie os ha enseñado lo más importante: los huevos son muy frágiles y se rompen con cualquier roce. Y a los chiquillos como tú… no les vienen mal unos huevos revueltos,” dijo Raquel, haciendo presión con su muslo para machacar sus cositas.

 

Samuel sentía dolor como nunca en su vida, no se comparaba ni siquiera con aquella caída en la que se había torcido el tobillo. Subiendo desde sus testículos por su bajo vientre, hasta alcanzar todos los rincones de su anatomía; era como si todo su cuerpo menudo estuviesen conectados a sus gónadas porque la agonía era intensa.

 

Por su parte Raquel, movía su pierna para hacer rebotar y saltar al pequeño sobre su muslo, de tal manera que con los saltitos que pegaba se siguiese aplastando los huevecillos. Así permanecieron unos minutos, con Samuel que acabó bufando y quejumbroso; en tanto su vecina disfrutaba una barbaridad.

 

“Aprendiste a no andar como un mirón pervertido?” preguntó la mujer mirando al chiquillo.

“Me ha dolido… le diré a mi mamá que está loca!” dijo Samuel con rabia y dándole un golpe en el vientre.

 

Por primer vez, Raquel iba a perder la compostura.

 

Se levantaron y tirando de la oreja del niño, que chilló nuevamente; la mujer se lo llevó así escaleras arriba a su habitación mientras le reprendía.

 

“Ahora vas a saber lo que una loca puede hacer. Pensaba dejarte ir, pero me voy a tener que poner bien seria esta vez”.

 

Dentro de su habitación, Raquel volvió a golpear a Samuel en la entrepierna, usando el extremo opuesto del tridente. El pequeño se tumbó en el suelo agarrándose sus pequeños huevos mientras su vecina buscaba algo. El querubín escuchó el ruido de cinta americana al ser estirada y Raquel sin mucha oposición puso al chico boca abajo y amarró sus muñecas a la espalda, después enrolló una buena cantidad de cinta alrededor de su boca, enmudeciéndolo más allá de leves y amortiguados murmullos.

 

Procedió a quitarle el disfraz, dejándolo solo con las alas, su pequeño escroto estaba algo enrojecido pero aún no colgaba lejos del área pélvica. La mujer puso al chiquillo de rodillas en el piso y pudo ver que ya había mitigado un poco el dolor, ya que su cosita volvía a estar dura ante la visión de sus curvas. Raquel negó con la cabeza mientras Samuel trataba en vano de decir algo pero solo balbuceaba.

 

Unos débiles chasquidos intrigaron al crío, que observó a su vecina con un par de pinzas para ropa en las manos.

 

“Tiempo para jugar con esas joyitas vuestras,” dijo Raquel poniéndose de cuclillas frente a Samuel y no sin cierta resistencia, colocar las pinzas en su pequeño escroto.

“Mmnnfhhgnn!!” chilló Samuel al sentir las pinzas pellizcar su zona íntima.

 

Raquel trajo una cesta llena de pinzas de ropa, los cuales comenzó a enganchar en varias partes, por todo su escroto y testículos. El niño tenía los ojos bien abiertos y bramaba lo más fuerte que podía bajo la cinta en su boca. La mujer incluso expuso su glande y clavó una pinza allí, el infante gritó todo lo que pudo mientras la diabla de su vecina reía complacida. Finalmente, colocó dos más en sus tiernas tetillas, incomodando más al chaval.

 

“Vamos a golpear esas pinzas un poco antes de removerlas, no crees?” preguntó retóricamente Raquel, Samuel sacudió la cabeza al ver una correa en la mano de su vecina.

 

El movimiento de la correa rasgó el aire antes de golpear la entrepierna de Samuel. Un quejido de dolor, seguido de una carcajada; Raquel volvió a golpear. Zas! Y de nuevo la misma reacción de ambos, la cruel mujer continuó dando correazos a la entrepierna del chico cubierta de pinzas, entre el ardor en las rodillas al estar apoyado sobre ellas y los constantes golpes hicieron flaquear a Samuel, que se desparramó de lado en el suelo.

 

La mujer removió las pinzas luego de unos minutos y observó el área en general, hinchada y con marcas provenientes de las pinzas de ropa. Cargándole hasta la cama, con cierta rudeza le quitó la cinta que cubría su boca y Samuel pudo lloriquear con total libertad.

 

“No es para tanto, si apenas te he hecho gran cosa!” Raquel comentó jovialmente.

“Mentira! Me duele muchísimo!” exclamó el chiquillo enojado y compungido.

“Nada de eso, lo que necesitas es una golosina,” aseguró la mujer, sosteniendo un bombón cubierto de chocolate.

 

No obstante, él no abrió la boca, mientras Raquel trataba de empujar la porción de chocolate entre sus labios apretados sin éxito.

 

“Di “Ah”, sed buen chico…” susurró ella pero no obtuvo el resultado esperado. Sin inmutarse, Raquel llevó su mano libre al escroto de Samuel y apretó con fuerza. Al chico no le quedó alternativa que, entre jadeos y voces agudas; abrir la boca. La mujer dejó caer el chocolate en la boca abierta de su vecino sin dejar de apretar sus joyitas y diciendo “Buen chico”.

 

Cogiendo otro bombón de la caja, continuó apretando el escroto de Samuel, que con un hilillo de voz escapando de su boca abierta, engulló el segundo dulce de Raquel…

 

“Nos divertiremos mucho a partir de hoy, Samu. Será mejor que os vayáis acostumbrando al dolor en tus huevos, es lo que tiene el ser un hombre,” rió Raquel.

 

Las horas transcurrieron despacio y la mamá de Samuel, junto a otros vecinos; le llamaban a gritos por el condominio pues no lo habían visto por largo rato. Regresando preocupada a casa, la joven madre vio a su hijo tendido en el suelo junto a la puerta, mirando a cualquier parte y con gestos de dolor. Su entrepierna estaba hinchada como si tuviese una manzana bajo las mallas del disfraz y tenía una marca de labial en la mejilla.

 

Corriendo a ver como estaba Samuel, el chico solo pudo balbucear.

 

“Odio Halloween…”

 

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Comentarios

  1. Como van los relatos? Alguno nuevo pronto?

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    1. Estuve unos días sin conexión y descansando, espero pronto publicar el otro relato faltante y empezar unos nuevos, saludos!

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    2. Oka, me alegra que estés bien. Estaré atento a los nuevos relatos

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  2. Espero que pronto hayan nuevos relatos

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